miércoles, 11 de mayo de 2011

Filosofía zombi

Filosofía zombi, finalista del premio Anagrama 2011, ya está en las librerías. Os invito a leer una página:


CAPÍTULO III

El zombi también hace referencia a la animalidad del ser humano. Si, como afirmaba Freud, existen dos fuerzas que guían la naturaleza del hombre, el instinto (Instinkt) y la pulsión (Trieb), es decir, la necesidad (comer, beber agua) frente al deseo sexual o libido (obtención de placer), el zombi sería todo él necesidad, muy al contrario que la otra gran figura del imaginario de lo monstruoso: el vampiro. El zombi come, sólo vive para comer, para la supervivencia. No desea nada, carece de libido. No puede entregarse a los placeres de la carne porque su carne es putrefacta, disfuncional, sus terminaciones nerviosas están dañadas, no siente el dolor o ha rebasado el umbral del dolor, frente al vampiro, que apenas necesita cuidados para mantenerse con vida, que no tiene necesidades, sino que todo en él es pasional, lujurioso. Morder y succionar a sus víctimas no tendría que ver tanto con el hambre como con el ansia, la exaltación del deseo. Quizá a ello se deba que todas sus actividades relacionadas con el mantenimiento de vida están rodeadas litúrgicamente de técnicas y representaciones que hacen de la necesidad placer amoral: morder y alimentarse, sí, pero alimentarse siempre de jóvenes y vírgenes, de cuerpos perfectos, mediante la seducción incluso, en mitad de la entrega amorosa, etc.



De la primera de las películas de Romero había dicho Carlos Losilla (1993) que los personajes “desplazan el énfasis del filme desde el nivel social hasta el familiar: la pareja de hermanos que se pelean ante la tumba de su padrastro, el negro que mata sin piedad al padre de familia neurótico, la pareja de novios indecisa y de carácter débil que no parece tener ningún futuro, etc. De este modo, la familia como célula principal de una sociedad en descomposición se revela a sí misma como la verdadera creadora de esos zombis, de esos muertos vivientes que la asedian simbólicamente en una casa abandonada –las ruinas de un hogar ya perdido para siempre– y que representan sus propios fantasmas reprimidos”. La familia aparece, por tanto, como un núcleo en desgaste, como una fuerza de cohesión que ha perdido la legitimidad de sus discursos caracterizadores. La tercera película del autor, El día de los muertos (1985), da un salto desde el orden familiar hasta la esfera social: un grupo de civiles, algunos científicos y gran cantidad de contingentes militares conviven en una base subterránea mientras la amenaza zombi no deja de rodear su emplazamiento. A un lado, los militares han deshumanizado a las criaturas, burlándose de ellas, insultándolas o desarrollando escabrosos métodos de captura y contención. Los científicos, por otra parte, avanzan azarosamente en sus estudios sobre las purulentas criaturas con la excusa de recuperar retazos de su humanidad y de gestionar su uso para nuevos fines.


Zombis deseando comprar el libro. Foto: Agencia Zeta