miércoles, 16 de febrero de 2011

Traducción del poema de Baudelaire "Mujeres condenadas (Delfina e Hipólita)"




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Mujeres condenadas
(Delfina e Hipólita)




A la pálida luz de mortecinas velas
y en profundos cojines impregnados de aromas
Hipólita evocaba las intensas caricias
que alzara el cortinaje
de su infantil ardor. Buscaba,
con la mirada turbia de tempestades,
el ya lejano cielo
de su inocencia
así como el viajero que vuelve la cabeza
hacia los horizontes cruzados por el alba.

Sus apagados ojos,
las perezosas lágrimas, el aire
fatigado, estupor,
la voluptuosidad desfallecida,
y los brazos vencidos
abandonados como vanas armas;
todo contribuía
a mostrar su frágil hermosura.

A sus pies tendida, serena y placentera,
Delfina la cubría en sus miradas
como la bestia fiera ante su presa
luego de haber dejado
la marca de sus dientes.
La aguerrida belleza de la una
bajo la frágil hermosura de la otra;
ella libaba con soberbia
y voluptuosidad
el vino del triunfo, y se inclinaba hacia la otra
para beber su dulce gratitud.

Buscaba en la mirada de su víctima
el mudo son de los placeres
y el agradecimiento
sublime e infinito
que del párpado brota cual suspiro.
«Hipólita, ¿qué opinas de estas cosas,
vida mía? ¿Comprendes
por qué no debe regalarse
el sagrado holocausto de tus rosas primeras
a los violentos soplos que las marchitarían?

Mi besos son ligeros como insectos acuáticos
que acarician de noche
los lagos transparentes
mientras que aquellos otros de un amante
dejarían, como de arados o carretas,
las huellas a su paso;
pasarán sobre ti con su pesada yunta
de caballos y bueyes con sus cascos
implacables, mi hermana,
Hipólita: vuelve hacia mí tu rostro
alma mía, mi todo y mi mitad,
¡vuelve tus ojos llenos del azur y los astros!
Por tan sólo una sola
de tus miradas, bálsamos divinos,
levantaré los velos del placer más oscuro
¡y te adormeceré en sueños eternos!».

Súbitamente, Hipólita,
eleva su cabeza juvenil:
«No soy ingrata, y nunca me arrepiento,
mi Delfina, mas sufro y vivo inquieta
como tras una cena fastuosa;
se abaten sobre mí pesados sobresaltos
y negros batallones de fantasmas
que quieren conducirme por rutas tornadizas
a las que diera cierre
un sangriento horizonte. Por lo tanto,
¿no habremos perpetrado un acto insólito?
Explícame mi turbación y espanto.
Tiemblo de miedo si me dices “mi ángel”,
y sin embargo siento
cómo empujan mis labios hacia ti.
¡No me mires así, cariño mío!
¡Tú a la que amo eternamente,
mi hermana predilecta,
aun cuando fueras para mí un peligro
y el comienzo de mi fatalidad!»

Delfina, sacudiendo
su trágica melena,
removiéndose sobre el trípode férreo,
dijo, con voz despótica y fatal:
«Entonces, ¿quién, ante el amor,
osa hablar del infierno?
¡Maldito sea el soñador inútil
que fue el primero que, en su estupidez,
apasionado en un problema estéril,
sin solución, quiso que se unieran
amor y honestidad! ¡Aquél que quiera
en un acuerdo místico reunir
la sombra y el calor, la noche con el día,
jamás avivará su cuerpo inerte
bajo las llamas rojas del amor!
Ve si quieres en busca
de un estúpido novio,
corre a ofrendar tu corazón tan puro
a sus crueles besos
que ya vendrás, llena de remordimientos
y de horror, lívida, hasta mí,
con magullados pechos… ¡No se puede
contentar aquí abajo
a más de un dueño!».

                                    Mas la pobre,
presa de un dolor inmenso,
de súbito exclamó: «Siento ensancharse
en mi ser un vacío
¡y ese vacío es mi corazón!
Como el volcán ardiente, y tan profundo
como el abismo, nada
saciará a ese monstruo gimiente
ni aplacará la sed de aquella Euménide,
que, antorcha en mano,
le quema hasta la sangre.
¡Que la cortina echada nos separe del mundo
y que la lasitud nos lleve hasta el reposo!
Deseo aniquilarme en tu honda garganta
y encontrar en tu seno
el frescor de las tumbas».

                                          «¡Descended,
víctimas lamentables,
descended el camino hacia el averno!
Hundíos en lo oscuro
del abismo, allí donde los crímenes
que flagelara un viento no venido
del cielo, borbotean
mezclados con fragores de huracanes.
Sombras locas, corred
al fin de vuestro anhelo;
no lograréis saciar este arrebato
y se alzará el castigo
sobre vuestros placeres.
Jamás habrá más luz en estas cuevas;
entre las grietas de los muros
los efluvios malignos
se filtran y se inflaman como antorchas
y colman vuestros cuerpos
de terribles perfumes.

La agria esterilidad de vuestro gozo
la sed turba, y enerva vuestra carne
que el viento furibundo de la concupiscencia
a banderas la hace parecerse.
¡Errantes, condenadas,
lejos de todo lo viviente,
acudid como lobos a través del desierto
a cumplir el destino que os corresponde, almas
desordenadas
y huid del infinito que albergáis!

                            (Traducción, Jorge Fernández Gonzalo)


jueves, 3 de febrero de 2011

Poema "El rebelde", de Ch. Baudelaire

100
El rebelde

Un ángel fiero cae como un águila
desde el cielo y coge con sus puños
los cabellos del hombre descreído
y sacudiéndolo le dice: «Siempre
acatarás la ley (pues que yo soy
un Ángel bueno, ¿entiendes?) ¡Te lo exijo!
Sabe que hay que amar, y sin remilgos,
al pobre o al deforme,
al imbécil o al malo,
para hacer a Jesús, en cuanto pase,
blandos tapices con tu caridad.
¡Pues tal es el amor! Y antes que el alma
se hastíe, vuelve a encender tus éxtasis
en la gloria divina, que ése era
el placer verdadero de su supremo encanto».
Y el ángel, afligiendo
de igual modo a quien ama,
con puños de gigante tortura al anatema;
mas siempre el condenado
le replica: «¡No quiero!».

                          (versión: Jorge Fernández Gonzalo)



Poema original:


LE REBELLE

Un Ange furieux fond du ciel comme un aigle,
Du mécréant saisit à plein poing les cheveux,
Et dit, le secouant: « Ta connaîtras la règle!
(Car je suis ton bon Ange, entends-tu?) Je le veux!

Sache qu'il faut aimer, sans faire la grimace,
Le pauvre, le méchant, le tortu, l'hébété,
Pour que tu puisses faire à Jésus, quand il passe,
Un tapis triomphal avec ta charité.

Tel est l'Amour! Avant que ton cœur ne se blase,
A la gloire de Dieu rallume ton extase;
C'est la Volupté vraie aux durables appas! »

Et l'Ange, châtiant autant, ma foi! qu'il aime,
De ses poings de géant torture l'anathème;
Mais le damné répond toujours; « Je ne veux pas! »